¡Moscú!
“No bebas el agua que hay en Rusia hermana, cómprala embotellada”. La advertencia hizo eco en mi cerebro mientras estaba en el avión. Incluso llegó a apartar de mi mente y opacar la obsesión que tenía de conocer el Kremlin. Hasta antes de escuchar a mi hermana, el único pensamiento que rondaba en mi cabeza era el de pasearme por esa colorida construcción que me recordaba a helados de muchos sabores. Me cautivó la idea de una edificación tan variopinta en un país que, en particular, asocié siempre con la y nieve y lo monocromo.
Al llegar al aeropuerto no me arrepentí de haber hecho caso a la recomendación de mi hermana acerca de la agenda de viajes. Un vuelo barato y servicio muy bueno fue lo que me ofrecieron. Y lo cumplieron a carta cabal. Salí de las instalaciones y me esperaba un gran hombre con abrigo negro. Un grueso bigote decoraba su rostro inexpresivo. Sin embargo mi temor se desvaneció cuando comenzó a hablar castellano y me dio un beso en ambas mejillas. Me dijo que sería mi guía y me llevó a tomar un taxi.
El taxi me llevó al hotel y al llegar mi guía se despidió y me dejo un número para contactarlo. Un poco extraño este guía turístico. Bueno, en Moscú existen casi ciento cincuenta hoteles y me alegra haber escogido uno no muy caro. Uno pequeño y acogedor. La cama estaba algo dura, pero igual el cansancio me ganó. Dormí un par de horas antes de poder almorzar.
Ahora un poco de comida tradicional. Antes de bajar, me refresque un poco. Pensé una vez más en el agua de Rusia y al mirarme en el espejo un pensamiento recorrió mi mente. Un hombre grande y musculoso mataba a un venado en la tundra con sus propias manos, para luego alimentarme con su carne horneada. Sacudí esa imagen de mi mente y baje las escaleras.
Al llegar a la mesa mi decepción fue grande. No vi a ningún hombre con un venado horneado esperándome. En su lugar había un plato con algo que parecía ser col. Olía horrible. Pero tenía hambre, así que con un poco de temor me terminé el plato. El sabor no fue tan malo como el olor. Me mirada cambió cuando me sirvieron un plato con algo que parecía ser ravioles. Al fin algo familiar, pensé. Sentí la textura aterciopelada de la pasta. Estaba deliciosa. Era un sabor fuera de lo común. Nunca supe de que era la carne del relleno. Solo me dijeron que era típico del lugar. Una gran jarra llena de agua me desafiaba. Tanta sal me dejo con mucha sed. Sin embargo aguante y compre una botella de agua que me costo carísimo. Después del almuerzo llame al número del guía y en un momento apareció en la puerta del hotel y nos enrumbamos al Kremlin.
Una de las nuevas maravillas del mundo. Alguna vez fue la residencia de los zares y albergó a Iván el Terrible, personaje que buenamente retrató Sergei Eisenstein en una de sus películas. Es una construcción inmensa con murallas altísimas y muchas torres redondeadas en la punta. De lejos, las decoraciones de los techos se veían brillantes. Como esmaltadas. Pero de cerca son bastante opacas, sin perder su encanto desde luego. El suelo donde estamos parados es rojo, supongo que por eso a este complejo se llama la plaza roja. Bastante sugerente, y coincidente con la historia. La majestuosidad de la construcción da vértigo. Las torres no dejan de invadir mis ojos. Hay una hilera de ellas todas simétricas y con la misma decoración en la cima, cúpulas doradas con una cruz en la punta. El atardecer le da un tono anaranjado al ambiente. Delante nuestro esta la tumba de Lenin. Al tratar de ingresar, nos dicen que esta prohibido el paso. Vuelvo al hotel desilusionada. Pero la advertencia del agua sigue rondando mis pensamientos.