Cuando era niña, recuerdo estar sentada en unsofá junto a mi madre. Estábamos viendo una película que se llamaba “Zorba el griego”. En ese entonces no entendía nada de lo que ocurría en la pantalla, solamente tenía siete años. Sin embargo, ahora que tengo veintitrés, todo lo que es griego y todo lo que es Grecia, lo asocio a ese film.
Ahora mi madre ya no luce como en ese entonces. Solía tener una cintura bastante angosta. Una piel lozana. Ahora está más gordita y algunos surcos se pasean por su rostro. Pero aún conserva su vitalidad y me lo demostró en el viaje que realizamos a Grecia el mes pasado.
El viaje duró cuatro días. Nos contactamos con una agencia de viajes por Internet que se especializa en viajes a Grecia,que nos ofreció un paquete con todo incluido. Lo que más nos gusto de la oferta es que contaba con un vuelo barato e incluía una visita a la Acrópolis. Afortunadamente nos ahorró muchos inconvenientes, en Grecia existen más de noventa islas. Sinceramente yo no podría haber elegido un destino específico de no haber sido la primera opción resaltada en la web de la agencia.
La mejor compañía para un viaje turístico es la familia. Sé que mi madre no recuerda ese momento de mi niñez, frente a la pantalla y sobre el sofá, pero me gusta pensar que sí lo tiene presente. Cuando llegamos al hotel, nos sentamos a charlar un poco. El hotel, a diferencia de la mayoría, estaba en un lugar alejado de la Acrópolis, pero siempre hay transporte económicopara llegar allí. Era un lugar bastante acogedor. Pequeño, pero lo suficiente para las dos. Después de descansar un poco, salimos a pasear.
La Atenas moderna es una ciudad bastante común, pero con un no sé que. Creo que la gran carga histórica que posee le da una vibra distinta. Las paredes parecen más antiguas de lo que en realidad son. Se nota que es un lugar que atrae a muchos turistas. En cada tramo observas a muchas personas con cámaras de video y fotográficas. Se nota que esta ciudad es el motor económico del país. Hay una gran cantidad de comercios. Escuché que durante el Festival de Atenas la ciudad y el puerto se atiborran de gente y de tiendas improvisadas que ofrecen souvenirs. Caminando, encuentro mi propio recuerdo, una moneda griega anterior a la actual. Dicen que antes del euro era la más antigua del mundo.
Tomamos un taxi en dirección a la acrópolis donde nos espera un guía turístico. Llegamos justo a tiempo, el grupo ya estaba por comenzar el tour. La famosa Acrópolis se ubica encima de una gran meseta.Sobre algo así como una pequeña montaña truncada. De lejos, el camino parece realmente agotador, pero en realidad no lo es. Un camino bastante accesible nos lleva hasta nuestro destino. Una vez arriba, notas la real magnitud de la construcción. Eso explica como es que se puede observar desde cualquier punto de Atenas. Los grandes pilares de roca envejecida son hermosos. Es una bella construcción milenaria. En algunos lugares, los pilares se convierten en estatuas talladas. Bellas esculturas humanas que sostienen un techo a punto dedesplomarse. A pesar de estar incompleta, la obra es realmente impactante. La luz del atardecer tiño el lugar de rojo. Las paredes se volvieron escarlatas y la visita terminó. El guía dijo muchas cosas interesantes, supongo. No le puse mucha atención al audífono. Estaba embelesada, pero no tanto como mi madre. Noté un pequeño cambio en su mirada. Una ligera nostalgia. Quizás recordó ese momento que compartió conmigo hace tantos años. Me gusta pensar que sí.
No solo fuimos a la Acrópolis, tambiénvistamos el museo olímpico, viajamos por el tranvía y vimos el monte Olimpo desde lejos. Pasé un momento muy agradable con mi madre. Ah sí, luego me comentó que no recordaba ese momento tan especial para mí. De cualquier forma, la pasamos bastante bien.
“No bebas el agua que hay en Rusia hermana, cómprala embotellada”. La advertencia hizo eco en mi cerebro mientras estaba en el avión. Incluso llegó a apartar de mi mente y opacar la obsesión que tenía de conocer el Kremlin. Hasta antes de escuchar a mi hermana, el único pensamiento que rondaba en mi cabeza era el de pasearme por esa colorida construcción que me recordaba a helados de muchos sabores. Me cautivó la idea de una edificación tan variopinta en un país que, en particular, asocié siempre con la y nieve y lo monocromo.
Al llegar al aeropuerto no me arrepentí de haber hecho caso a la recomendación de mi hermana acerca de la agenda de viajes. Un vuelo barato y servicio muy bueno fue lo que me ofrecieron. Y lo cumplieron a carta cabal. Salí de las instalaciones y me esperaba un gran hombre con abrigo negro. Un grueso bigote decoraba su rostro inexpresivo. Sin embargo mi temor se desvaneció cuando comenzó a hablar castellano y me dio un beso en ambas mejillas. Me dijo que sería mi guía y me llevó a tomar un taxi.
El taxi me llevó al hotel y al llegar mi guía se despidió y me dejo un número para contactarlo. Un poco extraño este guía turístico. Bueno, en Moscú existen casi ciento cincuenta hoteles y me alegra haber escogido uno no muy caro. Uno pequeño y acogedor. La cama estaba algo dura, pero igual el cansancio me ganó. Dormí un par de horas antes de poder almorzar.
Ahora un poco de comida tradicional. Antes de bajar, me refresque un poco. Pensé una vez más en el agua de Rusia y al mirarme en el espejo un pensamiento recorrió mi mente. Un hombre grande y musculoso mataba a un venado en la tundra con sus propias manos, para luego alimentarme con su carne horneada. Sacudí esa imagen de mi mente y baje las escaleras.
Al llegar a la mesa mi decepción fue grande. No vi a ningún hombre con un venado horneado esperándome. En su lugar había un plato con algo que parecía ser col. Olía horrible. Pero tenía hambre, así que con un poco de temor me terminé el plato. El sabor no fue tan malo como el olor. Me mirada cambió cuando me sirvieron un plato con algo que parecía ser ravioles. Al fin algo familiar, pensé. Sentí la textura aterciopelada de la pasta. Estaba deliciosa. Era un sabor fuera de lo común. Nunca supe de que era la carne del relleno. Solo me dijeron que era típico del lugar. Una gran jarra llena de agua me desafiaba. Tanta sal me dejo con mucha sed. Sin embargo aguante y compre una botella de agua que me costo carísimo. Después del almuerzo llame al número del guía y en un momento apareció en la puerta del hotel y nos enrumbamos al Kremlin.
Una de las nuevas maravillas del mundo. Alguna vez fue la residencia de los zares y albergó a Iván el Terrible, personaje que buenamente retrató Sergei Eisenstein en una de sus películas. Es una construcción inmensa con murallas altísimas y muchas torres redondeadas en la punta. De lejos, las decoraciones de los techos se veían brillantes. Como esmaltadas. Pero de cerca son bastante opacas, sin perder su encanto desde luego. El suelo donde estamos parados es rojo, supongo que por eso a este complejo se llama la plaza roja. Bastante sugerente, y coincidente con la historia. La majestuosidad de la construcción da vértigo. Las torres no dejan de invadir mis ojos. Hay una hilera de ellas todas simétricas y con la misma decoración en la cima, cúpulas doradas con una cruz en la punta. El atardecer le da un tono anaranjado al ambiente. Delante nuestro esta la tumba de Lenin. Al tratar de ingresar, nos dicen que esta prohibido el paso. Vuelvo al hotel desilusionada. Pero la advertencia del agua sigue rondando mis pensamientos.